Tomame como el tequila de golpe y sin pensar







Muchas Gracias =)

Si supiera que estos son los últimos minutos que te veo diría "te quiero" y no asumiría, tontamente, que ya lo sabes.







No se porque motivo comencé a leer este cuento escrito por vos en el año 2008 y me hizo recordar otras cosas no muy buenas que me ocurrían cuando te nombraban en segundo puesto en la competencia.
al releerlo me doy cuenta que lo noto distinto al cuento ¿? jaja re chapa
“El encuentro”
Hacía varios días que Mariel había llegado de Chascomús, ese lugar rutinario donde siempre pasaba navidad y año nuevo junto a su familia.
Molesta su hermana gemela, Micaela, le reprochaba su desinterés por ese lugar... ¿Qué sabía ella de lo que Mariel sentía? ¿Acaso se sabía de memoria sus pensamientos? ¿Sabía la cantidad de lágrimas que había derramado por no poder ser como todos querían?
Así Mariel nunca llegaba a conciliar con el sueño, acostada con la ventana a su lado, contemplaba los relieves plateados de la luna que la iluminaba y pensaba en mil cosas. Miró a Micaela que dormía entre las sábanas, y con todo el sigilo que pudo, encendió su velador.
Sacó del cajón de su mesita, un pequeño cuaderno viejo y empezó a hojearlo con cariño. Sus ojos notaban mucho más su color azul al anegarse en lágrimas, y debajo de la foto que se encontraba en la hoja, comenzó a escribir:

23 de diciembre, 1981No sé que hora es...Es tarde...
Querido Diario:
Ay, si tan solo ella estuviese acá para festejar navidad con nosotros. A pesar de las peleas y contradicciones que tuvimos desde chiquitas, admiré mucho su carisma, y ese amor profundo que le tenía a esa quinta, a ese parque, a ese río... siempre trato de hacerme sentir bien acá, pero nunca lo consiguió. Nunca deje de ser esa Mariel introvertida, antipática, mal criada....
Miro la foto una vez más: ella agarrada de la mano de una niñita de su edad. Sus sonrisas casi no se veían por las arrugas del papel, y ella, llorando, siguió escribiendo.
“Perdóname, Carolina. Perdóname por no haber podido cambiar, mi orgullo fue demasiado grande. Perdóname por haber cometido el peor pecado de todos al robarte lo que más amabas...”
Sintió los ojos demasiado pesados, y a su cama, extrañamente cómoda y tibia. Cerró los ojos un momento, y tras cerrar su diario, lo guardó y repitió en voz alta, pero a la vez para que Micaela no despertase.
--Perdóname, Carolina.

A pesar del calor, el día siguiente se mostró algo lluvioso, y Mariel aprovechó para pasar el día encerrada en su cuarto
Sin dejar de observar la llovizna, la joven escuchó ruidos que provenían del living: las visitas habían llegado ya. Ella sin embargo se quedó allí, mirando a través de la ventana, sin poder terminar de entender un montón de cosas.
Minutos después, escucho un golpecito, llamaban en la puerta. Pero ella no contestó.
Una vez más escucho el golpe, y al ignorarlo de nuevo, ahora sintió una voz masculina, inconfundible.
-Mariel...
Ella no quiso darse la vuelta. Cerró sus ojos con angustia y no quiso enfrentar a nada ni nadie. Escuchó de nuevo su nombre cada vez más cerca. Sentía cómo su corazón latía con fuerza al escuchar esa voz.
-¡Qué querés?- Contestó ella, tratando de disimular su sollozo y reemplazarlo con orgullo, como quiso hacerlo con otras muchas cosas, durante toda su vida.
-Viniste, Mariel... Hacía cuanto que no te veía.
-Un año
Sin embargo Hernán notó que le ocurría algo. Pero no quiso incomodarla. Eligió la pregunta incorrecta para seguir la conversación.
-¿Tus cosas?
Una segunda mueca recorrió la cara de Mariel, se sentía una traidora, pensaba en lo mucho que quería que todo acabara, o al menos, esa conversación
Era obvio que las cosas no andaban bien.
-Si estás triste por lo que pasó, créeme que soy el que más te entiende, Mariel.
Ella lo miró, su vista estaba demasiado nublada, como para poder divisarlo por completo, así que se secó las lágrimas... -¿Entenderme, a mí? – Pensó ella- Es obvio que no entendés lo que pasa, solo yo.
-Solo yo lo entiendo. –Repitió en voz alta.
-Se que estás así por la muerte de Caro...
-Estoy así por muchas otras cosas, y vos no lo sabés, Hernán.
Él que se quedó mirándola con delicadeza. Entendió que no quería hablar.
-Mariel... durante el tiempo que vos no estuviste acá, yo... yo estuve de novio con Carolina.
Ella no soporto oirle decirle eso. Apoyó las manos sobre el marco de la ventana y sentía como la sangre corría por sus venas, su tristeza desbordaba.
–Me imagino que fueron muy felices- susurro ella- ahora que me lo mencionás recuerdo que ella siempre me contaba lo mucho que te amaba.
Una pizca de felicidad sacudió su corazón. Se sentía tranquila al confesarle eso.
-Recuerdo cuando venia con su vestido y su sombrero de sol- decía Hernán, mirando el portón de madera que estaba a metros de ellos, entre los árboles- “¡Hernán!” , me decía ella...”¡Hernán, vení que mamá preparó café con leche para nosotros!”...
-Le encantaba el café con leche...- recordó sonriendo Mariel
-Y le encantaba hablar de vos- prosiguió el- te quería mucho...
Ella no sabía qué pensar, se sentía culpable por demasiadas cosas. Luego de un silencio, corto pero incómodo, él siguió la oración, aunque no pudo terminarla.
-Pero yo...
-Pero ¿vos qué Hernán?- pregunto ella, muerta de ansiedad, de tristeza y angustia.
-En el momento que Caro estaba enferma, ya demasiado enferma...
-¿Sí? ... –siguió Mariel al ver que él no podía seguir, notaba que el también estaba llorando, ya.
-En los últimos momentos, ella siempre me recalcó, que si hubiera una persona que ella tendría que elegir para mí... Mariel… serias vos.
Ella se quedó atónita...
-¿Qué?...
-Sí, siempre me decía que quería que los dos fuéramos muy felices, y si ella hubiera tenido la posibilidad de elegir, te hubiera elegido a vos, para estar conmigo.
Mariel lo abrazó, sin poder dar final a sus lágrimas. La pena y tristeza que sentía eran terribles, no podía creer lo que él estaba diciendo.
-Pues bien, Mariel, -siguió Hernán, llorando pero decidido- Yo siempre te amé...
Los gemidos y sollozos de Mariel al oír decir eso, hizo que el abrazo fuera más fuerte e inolvidable. Mariel había amado a Hernán toda su vida, pero siempre quiso evitarlo para no romper la felicidad de Carolina.
Hernán acariciaba su pelo enrulado, y cuando ella quiso mirarlo a los ojos, sus narices estaban tan cerca, que ella podía contar las pecas de Hernán.
Varios segundos después, el joven la tomó de su mejilla y en medio del cuarto ya oscuro y la llovizna, la beso; sin importar las lágrimas de los dos.
Ahora Carolina descansaría en paz
Liza Duarte 2° B

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